"Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo." Voltaire.
"Cuando la vida te presente razones para llorar,
demuéstrale que tienes mil y una razones para reír."

sábado, 26 de abril de 2008

Prisas y subscripciones

Tengo una mala costumbre que es ir con prisa y algo que detesto que es no aguantar que me paren por la calle para pedirme que me subscriba a algo.


Ir siempre con prisa es una mala costumbre que debo erradicar. Y es que eso de querer hacer en poco tiempo un montón de cosas no me da buen resultado. Primero porque me estreso y segundo porque me deprimo cuando veo que no hago todo lo que tenía programado.


Lo de que me paren en la calle para pedirme que me subscriba a algo es una cosa que llevo mal. Lo siento por toda esa gente que se gana la vida de esa manera. Por ellos intento ser lo más cortés posible.


El sábado coincidieron las dos situaciones: prisas y persona que me para para pedirme que me subscriba. Suelo decir que ya estoy subscrita, que recibo mensualmente la revista y que estoy muy contenta con mi subscripción y da resultado.

Sin embargo me asaltó en un momento en el que tenía la mente ocupada. Cuando estoy pensando en algo para tomar una decisión me vuelvo una especie de sumidero de pensamientos, la mirada se me vuelve perdida y todo lo de mi alrededor desaparece... menos aquella persona insistente que reclamaba que mi mirada emergiera para verla a ella y que saliera de mis pensamientos para prestarle atención. En el momento en el que vio que yo asomaba de mi cueva y empezaba a tomar conciencia de su presencia, intentó acapararla toda haciéndome preguntas rápidas, no dándome tiempo a contestar. Mi mente, un instante antes, estaba intentando tomar una decisión; ahora además de seguir teniendo que tomar una decisión tenía que tener una idea brillante para acallar aquel interrogatorio de una forma cortés.

Lo único que se me ocurrió fue decir que visitaría la página web de la asociación y, con tiempo, me informaría de su actividad. Pensaba yo que eso satisfacería a la persona que tenía enfrente. Nada más lejos de la realidad.

"Ah, qué bonito. Vas a mirarlo por internet... Y para qué estoy yo aquí entonces?"

Qué complicado es decir no cuando se quiere ser cortés.

martes, 22 de abril de 2008

Llegar y besar el santo

Qué buena frase pero mejor aún es la sensación que te queda después de que te pase porque eso son cosas que pasan sin que las tengas que buscar.

Sala de espera. Un nombre muy bien escogido. Una sala donde lo que se hace es esperar. Esperar y esperar. Y desesperarse esperando. Como siempre están abarrotadas de gente. Gente que espera. Y que se desespera esperando. Y allí, a una de esas salas repletas de gente que espera, llego yo, para sumarme a ellos. Busco hueco y me dispongo a iniciar mi sesión de espera.

Te sientas, porque ya das por hecho que el verbo esperar alude a una acción que se va a prolongar en el tiempo con carácter indefinido. Recorres con la vista de una pasada la gente que te acompaña en la espera. Mirada rápida. Luego miras el techo todo alto, miras el pasillo todo largo, te lees los carteles con gran interés, miras la ventana para ver el paisaje, miras el móvil por si te ha llegado algún mensaje. Y vuelves a repetir todo el proceso reparando cada vez en más detalles. Miras a la gente e intentas deducir cuál de ellos será el primero en dejar de esperar, miras el techo y ves qué blanquito está, miras el pasillo y te fijas en las baldosas que tiene, miras los carteles e intentas ver si eres capaz de leer la letra pequeña desde donde estás, miras la ventana fijándote en cómo avanzan las nubes, miras el móvil por si en este rato te hubiera llegado algún mensaje. Tras un buen rato, comienza el nivel de desesperación, lo que añade un nuevo matiz al ciclo de observación. Vuelves a mirar a la gente y reparas en los calcetines de rayas de el de enfrente, ¡qué hortera!, vuelves a mirar el techo y empiezas a descubrir que no está tan blanquito, ¡ya podían haber pintado!, vuelves a mirar el pasillo, ¡pues no es tan largo como parecía hace un rato!, vuelves a leer los carteles, ¡pero si está amarillo! ¡ya podían cambiarlo!, vuelves a mirar la ventana, ¡lo que me faltaba, seguro que llueve!, vuelves a mirar el móvil, ¡nadie se acuerda de mi!, y vuelves a repetir todo el proceso. A veces incluso se puede llegar a compartir el nivel de desesperación con los compañeros de espera en la típica conversación de gente que espera.

Como ya deduzco por la cantidad de gente que hay que la espera va a ser larga, e intentando evitar entrar en el ciclo de desesperación, nada más sentarme procedo a sacar del bolso un libro e iniciar la lectura con la intención de que el tiempo de espera sea provechoso. Porque no hay nada más aburrido que esperar sin hacer nada más que esperar.

En ese instante la puerta se abre. Esa puerta que marca el final de la espera del afortunad@. Todos escuchamos atentos la llamada al fin de la espera, una voz dice un nombre, el nombre de la persona afortunada, la que seguramente más tiempo lleva en la sala esperando, la que seguramente ha alcanzado a ver las bolitas en las rayas de los calcetines de el de enfrente y se está desesperando queriendo arrancar ese dichoso cartel de la pared que ya se sabe de memoria mientras se resiente de sus posaderas ya cuadradas de estar en esos asientos tan antianatómicos durante tanto tiempo, ese nombre que... ese nombre que... ¡es el mío! Cierro el libro, me pongo rápidamente en pie y desaparezco por la puerta lo más rápidamente posible. No puede ser que haya llegado y haya besado el santo.

En la vida todos tenemos nuestro momento de sentirnos agraciados.

lunes, 21 de abril de 2008

Y si es posible con una sonrisa

Hace bastante que no me siento a ver la tele. Dejé de hacerlo cuando empezó a haber internet en mi casa. Estoy igual, sentada delante de una pantalla pero al menos internet es más variado que la tele.

El viernes fue una excepción. Aunque había quedado con unos ex-compis de curro tuve que faltar a la cita porque tenía los ojos pochos y no quería meterme en un ambiente cargado de humo. Me senté en el sofá a descansar y me encontré cara a cara con una tele que poco parecía poderme ofrecer.

El programa de Antena 3 del viernes por la noche seguía siendo tan patético como lo recordaba. Personas aireando su vida personal, periodistas que reconocían que invitados que acudían al programa tenían todos los síntomas de padecer enfermedades mentales pero no por ello dejaban de ser invitados al programa. El último número de ese circo fue la oportunidad que se concedió a los espectadores de apadrinar un friki.

En paralelo se emitió en la 2 una película que me interesó mucho más:
"Las alas de la vida".

Es un largometraje documental sobre Carlos Cristos, un médico que padece una enfermedad terminal.

Las alas de la vida

Lo que más me caló fue la frase "y si es posible con una sonrisa"; el documental está basado en que se puede luchar siempre con una sonrisa.

viernes, 18 de abril de 2008

Esos cansinos

Hay personas que buscan constantemente ser el centro de atención. No importa el momento. Demandan atención para sentirse importantes. Sólo se sienten vivas si la gente repara en ellas. Y muchas veces caen en el rollo victimista para atraer la atención. Se centran en que todo a su alrededor es negativo, todo es una conspiración contra ellas.

Si Pepito dijo es porque quería decir de mi que... Si Pepito hizo es por aquello que hice yo... Y les cuesta entender que Pepito puede hacer o decir cosas no relacionadas para nada con ellos.

Pienso que es gente con poca seguridad, muy influencia por querer importarle a la gente. Deberían vivir la vida con la única meta de ser felices por ellas mismas no por ser importantes en la vida de los demás con un cierto sentido egoista.

Cómo sobrevivirían en una isla desierta, con ellos mismos como única compañía?

Qué cansinos... cómo desgastan...

jueves, 17 de abril de 2008

Momentos de nostalgia

Hace poco recibí el mail de un amigo. Se va a casar.

Cómo pasa el tiempo. Sentí ganas de volver a aquel bar en el que nos reuníamos los tres amigos de la uni los viernes por la tarde. Nos juntábamos a charlar de todo. A poner verdes a los profes, a hablar de nuestras rarezas, a hablar de física, a hablar de lo que nos preocupaba, a hablar de nuestros ligues... Y sobre todo a echarnos unas risas.

Éramos muy distintos pero allí estábamos los tres.

Hace tiempo que no nos vemos. La vida va cambiando y uno de ellos, el que soñaba con viajar, se fue a Alemania y ahora se va a casar. El otro por problemas está lejos.

He vuelto a ese bar. He vuelto a sentarme en aquellos sillones en los que pasamos tantas tardes, los tres (o más porque al final se animaba a venir más gente pero sobre todo los tres). Y les eché de menos. Y deseé, por un momento, que estuviéramos los tres allí. Pero el tiempo pasa y hace que todo vaya cambiando aunque aún tengo la esperanza de que algún día volvamos los tres a aquel bar, a sentarnos en aquellos sillones, los tres, con un café bombón, una coca-cola y un San Francisco.