"Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo." Voltaire.
"Cuando la vida te presente razones para llorar,
demuéstrale que tienes mil y una razones para reír."

domingo, 9 de septiembre de 2007

Vuelta al "cole"

Es lunes 3 de septiembre. Son las 5:20 de la mañana y un ruído molesto me despierta. Es aún de noche. Qué es lo que suena? Parece que suena el móvil... Pero cómo va a sonar el móvil? Ah, vale. Es la alarma del móvil. Y por qué va a sonar a las 5:20 de la mañana? 5:20 de la mañana... Y la cosa es que la hora me suena familiar... Ah, sí. Hace un mes yo solía levantarme para ir a currar a esa hora. Je. Ya no. O sí. Leñe, si hoy vuelvo a empezar a ir a currar! Consigo salir de entre las sábanas que se me pegan más de lo que yo quisiera. Con esfuerzo comienzo a recordar el itinerario de los días laborables: ducha, desayuno, sandwich, bolso, puerta. Esa es la idea. Lo que pasa es que sufro en silencio lapsus de tiempo, experiencias relacionadas con la relatividad del tiempo. Abro el grifo de la ducha y son las 5:30. Meto el pie en la bañera y ya son las 5:35. Han pasado cinco minutos! Pero qué he hecho en esos cinco minutos? Me he vuelto a quedar dormida... Eso me lleva a tenerme que dar más prisa aún si quiero cumplir con el horario. Me siento a desayunar. Abro el yogur. Meto la cuchara y miro el reloj. Cuando saco la cuchara... ¡Han pasado dos minutos! Pero cómo me he podido quedar dormida otra vez! Lo que empieza siendo un desayuno tranquilo, acaba convirtiéndose en un desayuno más preparación de sandwich a la vez. Luego comienzan las carreras de puntillas de una habitación a otra de la casa: al baño, a por el bolso (eso que siempre dejo preparado por la noche y al que por la mañana siempre le faltan cosas), coger el sandwich, al armario a por la rebeca,... Al final, como si de un sprint se tratase, alcanzo la puerta de casa y pongo un pie fuera. Vaya. No hay luz en la escalera. Je. Me toca llamar al ascensor mientras espero con la puerta abierta, esperar a que el ascensor llegue a mi piso (a poder ser sin que se abra la puerta al llegar a mi piso y asome un perro y me dé un susto como me pasó un día porque bajaba una vecina a sacar el perro), aprovechar la luz del ascensor para cerrar la puerta y bajar. Como si de un pequeño ritual se tratara, suelo alzar la vista hacia el techo del ascensor y preguntarme cómo ese insecto cuyo cadáver se encuentra dentro del fluorescente pudo llegar a colarse allí. Salgo del portal, después de haber explorado todas las sombras del portal por si alguna se mueve. Esto tiene su explicación. La puerta de mi portal es muy hospitalaria y ha recogido durante su vida a muchas y muy variadas personas ajenas al bloque. Así que, por si acaso, miro desde lejos si alguna sombra delata la presencia de alguien en el portal. Salgo del bloque y como si de una escena de la película "El show de Truman" se tratase voy encontrándome a las mismas personas de todas las mañanas y curiosamente nos encontramos en los mismos puntos: La señora que pasea al perro y con quien coincido en la escalera, el sudamericano que va a trabajar y con quien coincido en los cubos de basura, el grupo de mujeres en la parada con el uniforme azul del trabajo, la chica que se baja del bus para ir a currar cerca del Carrefour, las dos mujeres mayores que van a andar a esa hora, el hombre mayor que sale a hacer footing... Siempre la misma escena. Cuando falta alguno siento ganas de preguntar por él. Llega el autocar a mi parada (algo que agradezco es que el sitio donde trabajo tenga autocar que me trae y me lleva del curro a mi casa y de mi casa al curro mientras echo una cabezadita); menos el conductor todos dormidos. Ya han terminado las vacaciones. A partir de ahora me espera esto mismo todos los días.

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